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Isla Grande: Tesoro natural

Frente a la bahía del mismo nombre, como parte de un archipiélago compuesto de casi doscientas islas e islotes, emerge la bella Isla Grande. Forma parte del municipio de Angra Dos Reis, en el estado brasileño de Río de Janeiro, y es una atracción aparte en la región turística de la Costa Verde.

La diversidad biológica que se encuentra en sus costas y en sus selvas es única en todo Brasil. Sus penínsulas, ensenadas y elevaciones cubiertas de una densa vegetación, esconden tesoros naturales que constituyen un verdadero paraíso turístico. Ya sea recorriendo sus senderos, buceando frente a sus playas o caminando por la orilla, los viajeros registran en sus retinas imágenes imborrables a cada instante.

El pueblo tamoio, perteneciente al grupo de los tupinambáes, habitaba en Isla Grande cuando navegantes portugueses avistaron estas tierras el Día de Reyes de 1502. El territorio, que los aborígenes llamaban Ippaun Ipaum (Isla) Wasu Guazú (Grande), fue objeto de disputa y batallas a lo largo de los siglos XVI y XVII. Incluso era frecuente el arribo de piratas y contrabandistas que llegaban para enriquecerse de forma ilícita.
Con el fin de la piratería, fueron los traficantes de esclavos que venían a buscar refugio en las tranquilas caletas de la isla. Sólo en 1850 la armada brasileña, bajo presión del gobierno británico, comenzó el patrullaje de sus aguas.
Los cultivos de café y caña de azúcar y la pesca fueron hasta fines del siglo XIX, durante mucho tiempo, los principales recursos económicos de Isla Grande, o Ilha Grande en lengua portuguesa, que también sirvió como leprosario y prisión en la región.
A principios del siglo XX, sin embargo, estas actividades casi se extinguieron. La vegetación se recuperó en los lugares antes ocupados por las granjas y los isleños comenzaron a ocuparse exclusivamente de la pesca.
En los años 70, la Isla Grande se ha transformado en un Parque Estatal y se creó la Reserva Biológica de Praia do Sul.
Como testigos del pasado, permanecen la pequeña Iglesia de Santana, el Faro de los Castellanos, las ruinas del Leprosario, el Antiguo Acueducto, y deliciosas historias de piratas. Recién en las últimas décadas empezó a desarrollarse una incipiente industria turística. No es casual: sus atractivos naturales hacen que pasar unos días en Isla Grande sea un sueño compartido por miles de personas.

Vila do Abraão, la puerta de entrada

Isla Grande tiene una superficie de 193 kilómetros cuadrados y una población que ronda los 7.000 habitantes. Su principal urbanización es Vila do Abraão, donde reside el 60% de los pobladores locales. Su infraestructura hace que sea considerada como la capital de la isla, contando con un centro de salud, destacamentos de policía y bomberos, escuela y un muelle que recibe a diarios decenas de embarcaciones procedentes de Angra dos Reis y Mangaratiba. Desde el muelle también parten pequeños barcos que llevan a los turistas a las diferentes playas de la isla.
Es importante destacar que Isla Grande no está unida al continente por puentes o túneles. Por eso el muelle de Vila do Abraão es la puerta de entrada a este destino turístico. El pueblo alberga la mayoría de los hoteles, las posadas, los campings y los restaurantes de Isla Grande. También presenta negocios de diferentes rubros, tiendas de artesanías y lugares de interés histórico, como la Iglesia de San Sebastián, los restos del antiguo leprosario y un acueducto.

Entre playas, montañas y cascadas

Existen decenas de playas en Isla Grande, cada una con su propio encanto. Lopes Mendes es una de las más visitadas, sobre todo por los fanáticos del surf. Sus grandes olas dificultan el amarre de las embarcaciones: por eso la forma más habitual de llegar a esta playa es a través de un sendero que se inicia en la Enseada das Palmas y que atraviesa el bosque. Cabe resaltar que en Lopes Mendes no hay construcciones, comercios ni señal de celular.
Aún más agreste es Caxadaço, una pequeña playa oculta tras la vegetación exuberante de la región y las grandes rocas. Recorrer el camino para llegar a ella es una tarea complicada y requiere la asistencia de un guía. Una vez en la playa, la arena blanca y sus aguas turquesas retribuyen el esfuerzo invertido.
En el otro extremo, se encuentra la playa de Provetá, a la que se llega en barco y es habitada principalmente por familias de pescadores y evangélicos. Entre los dos extremos se encuentra la Reserva Biológica de la Playa del Sur.
Se destacan también las playas de Dois Rios, Aventureiro y Parnaioca en el lado atlántico y Feiticeira, Saco do Céu, Laguna Azul, Laguna Verde, Araçatiba, Ubatubinha, Abraozinho y Das Palmas, entre otras, en el lado continental.
La Laguna Azul o Lagoa Azul es otro de los sitios imperdibles de Isla Grande. Practicar buceo o esnórquel permite apreciar peces multicolores, corales y diversas especies marinas que conviven bajo el mar. El nombre de esta zona no es casual: antes conocido como Praia do Sul de Fora, los lugareños empezaron a llamarlo Laguna Azul por su paisaje similar al inmortalizado en la película protagonizada por Brooke Shields, que se filmó en Jamaica.
El encanto de Isla Grande se encuentra sobre la arena y bajo el agua, pero también en las alturas. De relieve escarpado, presenta varios picos importantes que atrapan a los escaladores y cultores del trekking. El más elevado es Pico da Pedra DÁgua, que alcanza los 1.031 metros. Sin embargo, todos quieren conquistar la cima del Pico do Papagaio, a 982 metros sobre el nivel del mar, ya que ofrece las vistas panorámicas más hermosas de la isla y de la costa de Angra dos Reis. La propuesta de este formidable destino también incluye pintorescas cascadas. Como la Cachoeira da Feiticeira que, con su salto de quince metros y su piscina natural rodeada de rocas y vegetación, maravilla a todo aquel que se acerca, o la Cachoeira dos Escravos, donde solían bañarse los esclavos.

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Texto: Kamala Bonifazi y Julián Pérez Porto

Fotos: Archivo Turisangra, Ricardo Rodrigues, Luis Fernando Lara, Angra Ocean, gentileza Agencia Nativos y archivo editorial