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Tortugas de Galápagos: Gigantes del archipiélago

Insulae de los Galopegos o Isla de las Tortugas o Galápagos: antigua palabra española que significa tortuga o caparazón.Así fue nombrado el archipiélago por primera vez.

 Una historia de piratas

Los piratas encontraron útiles las islas para proveerse de agua dulce y abastecerse de alimento fresco. Tras descubrir que las tortugas gigantes se podían almacenar y que podrían vivir hasta un año sin comida, las naves que estaban de paso enviaban hombres a tierra para recoger a los impávidos animales a fin de usar su carne. Se estima que antes de 1830 fueron capturados más de 200.000 ejemplares. Estas visitas descontroladas en busca de comestibles introdujeron desde otras latitudes ratas, cerdos y cabras que enseguida se diseminaron sin control y fueron mortales para las apacibles tortugas. Las ratas y cerdos comen los huevos y las crías, mientras que las cabras despojan de todo alimento cuanto encuentran, hasta una altura difícil de superar para estos gigantes que si bien son una lección de adaptación al medio, no pueden hacerlo en tan corto tiempo.
En la isla Floreana, que tiene menos de 20 kilómetros de diámetro, un solo buque cargó en una oportunidad más de 700 tortugas. Hacia 1846 la tortuga gigante de Floreana, la más grande que el hombre haya conocido jamás, se había extinguido.

Las tortugas gigantes

Las tortugas de Galápagos pueden llegar a medir hasta dos metros de largo y vivir más de 170 años. Su peso en edad adulta puede sobrepasar los 400 kilos, por lo que en su desplazamiento por lugares habitados no hay nada que interrumpa su paso. Los alambrados son cortados como si fueran hilos de coser. Estos quelonios viven trasladándose, algunos más que otros, desde la parte alta de la isla o volcán que habitan, pudiéndoselas ver hasta los 1700 metros, hasta la costa donde van a depositar sus huevos en la arena, regresando de nuevo a la zona más elevada para aparearse en un ciclo de vida anual. Las hembras cavan un hueco en la arena donde entierran entre 5 y 19 huevos, los cuales eclosionan entre 4 y 5 meses después. La temperatura a la cual son incubados determina el sexo de la descendencia. Las crías tardan entre dos y seis días en salir, lo que las deja en una situación de fragilidad muy particular ante animales introducidos por el hombre como ratas y cerdos. Su lento crecimiento las hace vulnerable por mucho tiempo frente a las nuevas amenazas.
Son curiosas, con su lento caminar. Esto es engañoso porque subestimamos sus movimientos y al rato no las encontramos más. Se acercan a cualquier cosa que les de curiosidad y hasta pueden morder lo que les llama la atención.
Suelen dormir bastante (hasta 16 horas) ya que una vez adultas no tienen predadores. Su vida tranquila va entre dormir y comer de forma diaria, y reproducirse de forma anual. Es posible hallarlas en charcas donde se sumergen para refrigerarse y deshacerse de parásitos. Son grandes diseminadores de las semillas que ingieren, las cuales pueden permanecer dentro del animal hasta un mes antes de ser expulsadas, recorriendo con la tortuga hasta 10 kilómetros, contribuyendo así a que las especies de plantas se esparzan en una zona con poco viento y sobrevivan en galápagos.
Su dieta principal son las tunas, una especie de cactus, pero también comen mucho pasto verde en época de lluvias, un hábito que les da el líquido que necesitan para hidratarse. Pueden comer desde guayabas maduras por las que tienen verdadera debilidad hasta frutos del manzanillo, un árbol venenoso cuya producción puede matar a una persona en cuestión de horas, razón por la cual las tortugas han desarrollado tremenda adaptación en sus estómagos logrando digerir esa leche viscosa que contiene el interior del fruto, tan peligrosa para otras especies.

La gran masacre

Dos grandes corrientes humanas han pasado por el archipiélago: la de los piratas y la de los balleneros. Ambas han sido fatales con estos pacíficos animales. Para el siglo XVI se cree que había en las islas unas 300.000 tortugas. Ese número bajó a 3.000 para la década del ‘70 debido a la caza indiscriminada que por años hicieron todos los que pasaron por la región.
Tal como ocurrió con otros especímenes, no es que las dejaron de capturar porque quedaban pocas sino por pensar que no quedaban más. Viejas fotografías dan cuenta de cientos de galápagos secos uno arriba de otro después de una temporada de caza, que más que acecharlas era buscar el brillo del caparazón entre la maleza para tratar de darlas vuelta entre varios, dejarlas con las patas hacia arriba, atarlas y remolcar a cada ejemplar sin que opusiera resistencia en esa posición.
Es posible que, si en estas islas una vieja tortuga te mira, tenga grabada en su retina imágenes de piratas y balleneros llevando a sus congéneres cuando aún era pequeña y eso mismo la haya salvado para llegar a tus días.

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Texto: Gentileza Luis Burgueño

Fotos: Gentileza Luis Burgueño