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Argentina: Alma celeste y blanca

Nuestro país apenas supera los doscientos años de historia independiente: somos una nación joven, con un pasado breve pero fascinante. En ese recorrido intenso, los argentinos forjamos una identidad llena de matices, con costumbres y objetos muy diversos en los cuales, de alguna manera, nos reconocemos.

Tenemos un territorio de más de 2.700.000 kilómetros cuadrados que atesora un sinfín de expresiones culturales. Desde su independencia, Argentina fue tierra de oportunidades para inmigrantes que llegaron con sus prácticas, sus rituales y sus hábitos. Aquí vivían, además, pueblos aborígenes con saberes y usanzas ancestrales. De todos ellos, y de los criollos, surgieron las tradiciones que hoy honramos y valoramos como propias.

El caballo, protagonista de la vida rural

No se puede pensar en el gaucho sin que aparezca la imagen de un caballo a su lado. Compañero imprescindible en el trabajo rural, este animal ocupa un lugar de privilegio en nuestra historia. ¿Cómo se habrían desplazado, al fin y al cabo, los gauchos por las interminables llanuras de nuestra patria sin la ayuda de los fieles equinos?
No sorprende, por lo tanto, que diversos productos que se vinculan al universo ecuestre estén entre los mejores testimonios del talento y la imaginación de nuestros artesanos. Los aperos, las monturas, los estribos, las espuelas y otros accesorios revelan la capacidad de las manos argentinas para crear detalles únicos y dar forma a verdaderas obras de arte
El vínculo entre el hombre de campo y el caballo siempre fue cercano, aunque adoptó diversas formas. La doma india, que apela al control y el amansamiento del animal sin recurrir al terror ni a la violencia, es una técnica admirable que se inspira en el método empleado por los indígenas de nuestras pampas. Pero en las tradiciones argentinas hay otras destrezas que nacieron con una concepción diferente, como aquellas que se pueden ver en las jineteadas, donde el ser humano hace gala de su dominio sobre la bestia a través de instrumentos que provocan dolor y miedo. Eso también está grabado en nuestra historia.

Compartiendo momentos

Siglos atrás, la vasta geografía argentina muchas veces era un obstáculo para las relaciones sociales. En el campo y en los pueblos, el centro de reunión por excelencia era la pulpería. Con características de bar, pero también de almacén de ramos generales y de club, estos lugares eran sede de juegos de cartas y de desafíos de taba y escenario de guitarreadas y payadas, acompañadas por vasos de aguardiente.
Cuentan que, en la Revolución de Mayo, había medio millar de pulperías en la superficie bonaerense. Los tiempos cambiaron y hoy quedan pocas, ya que la mayoría desapareció o mutó en otro tipo de establecimiento. Pero en localidades como San Antonio de Areco, Coronel Vidal y Chivilcoy todavía se pueden visitar pulperías y remontarse a nuestro pasado campestre.
Sí subsisten muchas estancias históricas que maravillan con la belleza de sus cascos y que constituyen, en algunos casos, otro legado de los primeros inmigrantes europeos que se asentaron en esta parte de la Tierra. Las actividades agropecuarias, después de todo, siguen siendo un motor vital para la economía nacional.
Ya sea en una pulpería, en una estancia o en cualquier otro sitio, hay un rito que unió a nuestros compatriotas de forma constante: el mate. Tal vez sea una de las pocas tradiciones que casi no varió con el paso de los años. Un criollo del siglo XIX y un argentino de 2017 podrían compartir una ronda de mates sin problemas.

La platería en nuestras raíces

El mate puede ser un objeto muy sencillo que permite disfrutar de la infusión homónima. O convertirse en una pieza de inmenso valor artístico gracias a su diseño y ornamentación. La simpleza gaucha y el arte más sofisticado se fusionan en los mates de plata, joyas de nuestra orfebrería.
La platería y la nación argentina van de la mano. Argentina, de hecho, procede de argentum (plata en latín). El nombre surgió a inicios del siglo XVI, cuando aborígenes indicaron a los exploradores europeos que en esta región existía una sierra llena de este metal. Muchos colonizadores la buscaron infructuosamente pero, entre mitos y confusiones, nuestro país terminó adoptando una denominación relacionada con el elemento químico en cuestión.
Aunque la sierra no era real, la plata se transformó en un material de uso frecuente para el desarrollo de productos típicos de la argentinidad. Además de los mates y las bombillas, también los cuchillos, las bandejas, los estribos del caballo y la rastra del gaucho son productos que evidencian la sorprendente habilidad de nuestros orfebres con el martillo, el cincel y el punzón.

 

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Texto: Redacción Sólo Líderes