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Caravana de llamas: Una travesía única

Al tener que definir a la Caravana de Llamas me invaden muchas ideas y sensaciones. A quienes visitan nuestro establecimiento suelo decirles que la llama es un invento del hombre y trato de contarles y transmitirles que la relación doméstica que el ser humano ha logrado con este animal es muy especial.

Me imagino a los primeros habitantes de América, por lo menos a los sobrevivientes de la última glaciación, cazadores recolectores aprovechando todas las posibilidades que le ofrecía la naturaleza renaciente adaptada. En algún momento de esa historia, hace 7.000 años, estos hombres encontraron en los guanacos fuentes de alimento y un recurso valioso para satisfacer diversas necesidades humanas. No solo los usaron para nutrirse y se abrigaron con sus cueros sino que además, los mantuvieron en cautiverio: así empezó la historia de la llama, de un guanaco silvestre y su vínculo con cientos de generaciones de hombres que lo aprovecharon en beneficio propio a fin de obtener de él carne, lana y cuero, así como también destinaron ejemplares de esta especie al trasporte de mercaderías.
Más de 22 colores, al menos 80 combinaciones de tonalidades en su pelaje, diferentes tamaños... Tan importante ha sido esa relación con el correr del tiempo que muchos pueblos americanos la incluyeron en la cosmovisión andina como una deidad: la figura de este animal se hace presente en las ofrendas, en los entierros, en las pinturas rupestres y en el cielo cuando uno mira las constelaciones andinas.
Por estos hombres de América que además de domesticar especies nos legaron con su trabajo y sacrificio tesoros del reino vegetal como maíz, papa, zapallo, tomate, maní y quinua, siento admiración. Y de esa veneración y respeto a los pueblos originarios americanos surgió la Caravana de Llamas, que es una recreación de los derroteros antiguos utilizando a estas antiguas criaturas como animales de carga. Hoy en día, la excusa de caminar junto a ellos es que carguen las pertenencias de cada integrante de los grupos que se arman para pasar un día en la montaña “Pachamama adentro”, como acostumbro decir.

Expediciones con llamas

Además de enriquecer la excursión con su presencia, las llamas llevan nuestros equipos de campamento y todo lo necesario para disfrutar de un rico almuerzo en las travesías más cortas o demás bagajes en salidas de varias jornadas de duración. Esta actividad turística nació hace muchos años y todavía creo que somos los únicos en Sudamérica que lo hacemos. En su inconsciente colectivo, el argentino promedio tiene más relación con los caballos que con la llama pese a que es preexistente porque, en los últimos 500 años, fue perdiendo su lugar. Si bien es doméstica, hace falta amansarla y, a diferencia de los equinos, no se puede montar: solo soporta 30 o 40 kilogramos de carga como máximo.
El amanse lo hacemos para que acepte el tiro y la carga también para lograr que el ejemplar nos pierda el miedo. Cuando la llama se siente amenazada escupe materia predigerida en forma de bola o lluvia bastante hedionda por los ácidos estomacales. Es una estrategia certera que suele dirigirse directamente a la cara y cuando está en la montaña le sirve para alejar a los depredadores. Por experiencia propia sé que estando a cinco metros de distancia, el animal puede hacer uso de esta maniobra poco agradable para el humano que, apenas reacciona, advierte que esta simpática criatura ha salido corriendo para el lado contrario.

Amansando compañeras de travesía

En los períodos de amanse quedamos verdes de punta a punta y con un olor terrible porque, en esa etapa, para ellas somos depredadores. Pueden, asimismo, pararse en dos patas y atacar de un pechazo e incluso pegar patadas, que son menos peligrosas que las de un burro o caballo porque solo tienen dos dedos con una almohadilla parecida a la planta de la pata de los perros, pero puede doler mucho.
Hace 15 años, cuando comencé el desafío de amansar llamas, mi técnica era más rústica. Por ese entonces, mis años de rugby imponían un “Más vale fuerza que maña”, una consigna que me sirvió para romper el hielo en aquella extraña relación de la que no encontraba mucho precedente, por lo menos a nivel contemporáneo, ya que no existía ningún domesticador de llamas. Hoy, con la experiencia que me ha dado la práctica, empiezo mi vínculo con un ejemplar nuevo con tiernos mugidos y ubicándome en el espacio a través de un particular lenguaje corporal. Todavía me sorprende la cara de los lugareños cuando, entre medio de llameros de pura cepa, “este gringo” ingresa al corral y saca un ejemplar caminando en comparación de la pialada o enlazado que se usa en la actualidad para manipular cualquier llama. Siempre trabajamos con respeto y humildad.

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Texto: Santos Manfredi